A veces te recuerdo sentada en tu habitación decoradas con mil hadas de esos mundo que ambas soñábamos, rodeadas con mil mariposas de hermosos colores y tus libros, tantos libros, aquellos libros, con aquellas historias de amores infinitos, de amadas adoradas por sus amados, de felicidad, de poetas, de pasiones…
Y de tanto en tanto escucho tu voz rota, desgarrada por haber descubierto en tu vida la otra parte de la historia, la parte que nunca leíste en los libros, la parte que nunca hubiéramos imaginado, aquella parte de la cual yo escape como mejor pude… y siento tus manos tan carentes de amor que me arde la sangre pensar que alguien pueda provocar tus lagrimas por la tristeza de tu corazón.
Me arde el corazon saber que no puedo salvarte, que debo esperar a que pidas socorro para acudir a ti como alma que lleva el diablo para consolarte, para agarrar tu brazo en el momento que lo necesitas, para ver como vuelves al abismo y yo asumir que es tu decisión, sin poder hacer nada, para ver como persistes en el infierno de la soledad acompañada, para saber como duermes, soñando con un mundo mas hermoso, con unos labios que arranquen de tus mejillas el color de la inocencia, esa inocencia que llenan tus ojos de lagrimas cuando recuerdas tus anhelos.
Que puedo hacer por ti cuando mis manos están atada por tus miedos, dime que puedo hacer, que puedo hacer, que no sea esperar a ver como te vas destruyendo, como ahogas tu pena en un grito silencioso, como dejo que tu corazón se vaya partiendo en tantos trocitos que me llena el cuerpo de ese miedo aterrador de no tener la fuerza suficiente para poder curártelo.
Y cierro los ojos y nos veo a ambas sentadas en aquel parque donde disimulábamos estudiar, mientras fantaseábamos lo que seriamos de mayores, los felices que seriamos, lo importantes que seriamos, lo lejos que llegaríamos.
Grita aunque sea un grito mudo y me tendrás allí al instante, para poder ayudarte a encontrar lo que mereces, esa felicidad que tantas ansias.
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